Cultura
Fulton Sheen, beato: veinte años de radio antes de conquistar la televisión
25 de septiembre de 2026

El jueves 24 de septiembre, en el estadio The Dome at America's Center de Saint Louis, más de cincuenta mil personas se juntaron para una beatificación. No era la de un mártir antiguo ni la de un misionero de tierras lejanas: era la de un hombre que se hizo conocido hablando por radio y por televisión. Fulton Sheen, el comunicador, ya es beato.
Había nacido el 8 de mayo de 1895 en El Paso, un pueblito del estado de Illinois, en una familia de campo. Terminó siendo obispo, pero lo que lo hizo entrar en millones de casas no fue el báculo: fue el micrófono.
En 1930 empezó a conducir "The Catholic Hour" por la cadena NBC. Estuvo veinte años al aire. Para 1950 lo escuchaban cuatro millones de personas por semana, y en su mejor momento recibía entre tres mil y seis mil cartas semanales. Gente que no lo conocía, que nunca lo iba a ver en persona, le escribía porque sentía que esa voz les hablaba a ellos.
Recién después llegó la televisión. En 1952 estrenó "Life Is Worth Living" —"vale la pena vivir"— los martes a las ocho de la noche, en horario central. Enfrente tenía nada menos que a Milton Berle, la estrella más grande de la televisión de entonces, y a Frank Sinatra en el otro canal. Un obispo con sotana, una pizarra y nada más que su palabra, contra los dos animadores más famosos del país.
Les ganó. Llegó a tener treinta millones de espectadores por semana y ocho mil quinientas cartas cada siete días. En 1952 la Academia le dio el Emmy a la personalidad más destacada de la televisión. Cuando subió a recibirlo, dijo una frase que se recuerda hasta hoy: "Creo que es hora de que le rinda tributo a mis cuatro escritores: Mateo, Marcos, Lucas y Juan".
Murió el 9 de diciembre de 1979, en Nueva York. Su causa se abrió en 2002, Benedicto XVI lo declaró venerable en 2012, y el milagro que abrió la puerta a la beatificación fue aprobado en 2019. El camino tuvo demoras, pero el jueves llegó: el cardenal Luis Antonio Tagle presidió la misa ante mil sacerdotes y ochenta y nueve obispos. Su fiesta quedó fijada para el 9 de diciembre, el día de su muerte.
En la homilía, Tagle contó algo que define bien al personaje. Sheen, que convirtió a miles de personas, nunca se adjudicó ninguna: decía que él era apenas un portero, alguien que se limita a mostrar dónde está la puerta abierta de la casa de Dios.
Desde una radio, esa historia se lee distinto. Sheen entendió antes que muchos que un micrófono no es un aparato: es una casa donde entra alguien que está solo, manejando, trabajando o cocinando. Empezó en la radio, se quedó veinte años y nunca la abandonó del todo. Y las miles de cartas que recibía cada semana se parecen bastante a los mensajes que llegan a cualquier radio del interior: gente que escucha, se siente acompañada y necesita decirlo.
Tal vez por eso lo del portero no era falsa modestia. El que trabaja con un micrófono nunca llega a ver del otro lado: no sabe quién lo está escuchando, ni en qué momento del día, ni qué le está pasando a esa persona mientras tanto. Lo único que puede hacer es dejar la puerta abierta y confiar en que alguien entre.
¿Vos hablás o escuchás? ¿De qué lado estás?